23 agosto 2008

Una de Vaqueros

Autor: Manuel Trevi

Pepillo Arrozamenta jugaba con un caballito de madera restregándolo sobre la arena, ante el estupor de la gente. Ignorándoles, de su garganta sacaba los relinchos del animal inanimado. Feliz, se imaginaba galopando montado en su juguete con figura equina. Se sentía libre, se sentía un vaquero del lejano oeste, de esos que aparecen en la tele, enfundados con sus revólveres para combatir a los cuatreros. Aunque ciertamente no sabía el significado, pero, sonaba a maldad, y eso, era suficiente para perseguirlos bajo el incandescente sol de junio.
La gente observaba a la vez intrigada y divertida. En un instante todo cambió para Pepillo. Una niña se acercó a su juego y le arrebató el caballito. Sin pensarlo un instante, empuja a la niña y jala de sus cabellos ante la confusión de los vecinos. La madre de la niña, colérica, abofetea a Pepillo, el padre indignado lo sigue golpeando; hermanos y amigos se suman a la golpiza. La madre de pepillo sale alarmada pidiendo auxilio. Llegan los gendarmes dispuestos a meter paz. Pepillo es arrestado, no sabe porque y llora.
Su madre angustiada explica a los uniformados que su hijo de 30 años, simplemente, no mide las consecuencias de sus actos. Los policías no creen su versión y lo llevan a las celdas. Siguen golpeando a Pepillo para que ya no se haga pendejo, que escupiera la verdad, que quería realmente cogerse a la niña, que era uno de esos pervertidos pederastas.
Para fortuna del infeliz, un abogado, un medico psiquiatra y su madre; lo rescatan de las garras de los supuestos protectores de la ley. Una vez que comprobaron que José Arrozamenta padecía deficiencia mental y que su edad correspondía a un niño de ocho años. Lo liberaron. Pepillo sonríe a los policías y con sus manos al borde de su cintura, simula sacar dos armas “bang, bang” dos tiros certeros. Muertos de la risa, los gendarmes apuran-anda estúpido vuelve a casa y no te metas en más problemas-.
La madre toma de la mano de su hijo de ocho años en cuerpo corpulento de treinta. Van caminando calle abajo hacía el barrio, ella, piensa ahora reforzar la chapa de la puerta; él, sigue pensando que es un héroe del lejano Oeste, rescatado de las garras de los comanches.

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