09 septiembre 2007

Libertades divididas

Primer acto

Una cascada de alcohol precipitada en su garganta aliviaba sus heridas producidas por las afiladas uñas del recuerdo. En cada “glub” “glub” se inyectaba una dosis de olvido; sin embargo, después de tantas botellas diluidas con rencor. Su cuerpo fabrico inmunidad, una jodida inmunidad, que no permitía borrarla de su memoria.
Estaba ahí, frente a él, mirando lo bizarro que se veía. Ella se carcajeaba y él se sentía atolondrado. Sus manos se alzaron para disipar la imagen burlesca, que a cada trago, se multiplicaba, se resigno.
Comenzó a balbucear y ella parecía escuchar, mientras arrastraba la lengua para poder comunicarse. De pronto. Clavo la cabeza en la mesa y desapareció en silencio.

Segundo acto

Después de la discusión, el café sabía amargo; pero, necesitaba de la cafeína para pensar en claro. Estaba ahí sola frente al televisor sin ver las imágenes. Dos platos sobre la mesa, solo uno servido.
No tenía hambre. El hambre desapareció junto con él, quién sabe a donde diablos. No le interesaba saber. Después de tanto tiempo se sabia libre, sin ataduras, sin un que le ves a ese “guey”o un donde andabas.
A partir de esa noche, no tenia la obligación de hablarle ni de preguntar ¿Cómo estas?, ¿ya cenaste?, ¿te preparo algo? ¡No! ¡A la Jodida!.
Ya no era su criada ni su puta. Solo era una mujer, una mujer al borde de un ataque de libertad.


Víctor González
Mayo 2005

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